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Del Culto a la Expresión ;

Música y Danza Prehispánica

Por Ivan H.

En el principio, el ritmo fue la expresión de la vida. El tambor podía representar la emoción del hombre y contagiarla a los demás. Podía con su secuencia, desplegar un abanico de cargas emotivas, despertar la conciencia, constituir en sí mismo toda una gama de expresiones, de alteraciones, de inconciencia; podía elevar el espíritu, honrar a la vida y la muerte, regresar al origen emulando el latir del corazón, el latir de la madre tierra, el latir de la vida otorgada por los dioses. Con el paso del tiempo, se fueron agregando nuevos instrumentos: los caracoles, las flautas talladas en madera, las rocas, las voces. Cuando no fueron suficientes el tambor, los cantos y los elementos del ambiente para manifestar la siempre necesidad expresiva del hombre, las manos y los pies, el cuerpo y la cabeza, marcaron el compás: entonces, nació la danza.

Los datos que en la actualidad poseemos de nuestra vasta historia prehispánica se conocen gracias a las crónicas y narraciones de los frailes, así como los trabajos de los conquistadores, mismos que depositaron en sus libros las impresiones y los testimonios personales de los episodios que se vivieron durante la conquista (paradójicamente infame y redentora), así como los diversos elementos que conforman el bagaje y la estructura cultural de nuestra historia como los códices, la arquitectura, artes, tradiciones, ritos y rituales, los instrumentos musicales, pinturas, murales y esculturas.

Entre las culturas mesoamericanas, la danza como forma de manifestación artística tenía mucha trascendencia: más que entretenimiento, para ellos formaba parte de un ritual místico, lleno de significado y simbolismo; durante esta época, la música ligada a la danza juega un papel muy importante y su preparación y uso se hace constante en las grandes celebraciones de los más importantes templos a lo largo y ancho de la región mesoamericana.

Las culturas prehispánicas utilizaban la danza como una forma de rendir homenaje a las divinidades. Se bailaba (y al mismo tiempo se rendía tributo) al dios sol, a la madre tierra, al ‘inframundo', a la guerra. Todo era regido por los dioses. Todo era creado, observado, dirigido, por las deidades. De este modo, al tener la danza un fin religioso (más no pagano, como nos ha enseñado la tradición religiosa occidental), todo lo relacionado con ella debía de poseer las características propias de un acto digno de los dioses.

Así, antes de iniciar con la danza, los ejecutantes tienen que limpiar y purificar el lugar donde se danza para crear un ambiente de energía positiva, mismo que se expresa en el místico rito del saludo de los cuatro elementos y los cuatro puntos cardinales. En él, se eleva el incienso, suenan las voces de los caracoles, se pide y agradece a las divinidades la buenaventura, la gracia, los dones y se pide al mismo tiempo permiso para la realización de los rituales.

Enigmático como es, el ritual llena con sus sonidos el ambiente y el aire, creando la atmósfera necesaria de comunión entre lo profano y lo divino. El sonido de los instrumentos llena los espacios de las plazas, recorriendo y corriendo virtuoso en el aire que llega al oído. Se inicia la danza que llena igualmente los espacios, ahora físicos y visuales. Se eleva la fe y la conciencia (y aún la inconciencia), y al mismo tiempo, se materializa el vínculo entre los pueblos y sus deidades. Se baila en círculo, en línea recta, en diagonales, las formas son tan bastas como la propia fe de lo hombres. Los ricos atavíos permiten ver plumas de quetzal, piedras preciosas, metales y pieles, lo cuales danzan al compás del ejecutante. Los cantos y la música, el movimiento y la danza, dan origen a una de las más bellas tradiciones culturales prehispánicas. Y los otros, los otorgantes de la belleza y la vida, la lluvia y la tierra, parecen comenzar a revelarse.

Luego entonces, los dioses de los hombres se manifestaron de muchas maneras: una de ellas fue en forma de música. Materializarla, construirla, edificarla, darle una estructura o cuerpo y de esta manera volverla un signo, fue una de las principales necesidades de las culturas mesoamericanas. Se le dotó de forma divina (superhumana) y se le hizo una historia. Nació el día 5 Flor, Makuilxóchitl en náhuatl, por lo que éste es su nombre calendárico y, por la función que cumplía en la vida de los hombres, fue nombrado el Príncipe de las Flores o tal vez mejor el Infante de las Flores (Xochipili), porque flores son esos seres coloridos que adornan el campo, pero también flores son la palabra hermosa y los bellos cantos. Desafortunadamente se desconoce cuál fue su nombre en los idiomas indígenas de las otras regiones de mesoamerica, pero existe certeza de que se le conoció (y veneró), pues aparece frecuentemente en los códices mixtecos, además de estar en otras obras plásticas como vasijas, pinturas murales y otras representaciones.

Hasta ahí su significado fue la fuerza que mueve a los hombres a hacer música, danza y actividades afines. Los hombres son capaces de entrar en contacto con sus deidades. La fe se vuelve entonces el motor principal del desarrollo del culto mediante los estados (alterados o no, puramente emotivos o animales, lógicos o irracionales) de la conciencia (y de la inconciencia misma). Estos estados de sensibilidad extraordinaria no son estáticos, pues oscilan hacia diferentes posibilidades; de un estado consciente pueden pasar a uno inconsciente, teniendo un carácter más instintivo, opuesto a lo racional. Es por lo tanto más de la sensibilidad y se convierte en el hilo conductor entre un estado y otro: la música y la danza con lo divino y celestial; éstas actividades los hace parte del mismo fenómeno, sólo que en uno de los extremos están la sensibilidad creativa y el predominio de la música; en el otro, la sensualidad, la lascivia y el predominio de la danza. Y ambos en perfecta sincronía, dan lugar a la manifestación simbólica y mística de los rituales prehispánicos, sin finalizar de acuerdo a la usanza tradicional con las palabras que explicitan la razón de las manifestaciones de un pueblo, quienes unidos en espíritu, alma y cuerpo, gritan a los otros su reconocimiento: “¡Eres Dios!”

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